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ET TU CRASSUS? (O CUANDO SER LA PRIMERA FORTUNA DE ROMA NO ES SUFICIENTE)

Hoy me ha preguntado el primo de mi vecino (no va con segunda intención…) si podíamos recordar de nuevo que podéis enviar vuestras opiniones y artículos relacionados con el Trading, la vida y el mundo financiero por email a contacto@diezmilhorasdetrading.es , para que sirvan de apoyo y reflexión a otros traders y aprendices de inversores.

De nuevo compartimos una colaboración de Juan Angel Garzón, alias Raider Trader (@raidertrader2 ) que reflexiona sobre la vida, la codicia, la avaricia económica y en los negocios, el ego y el exceso de codicia, en toda una lección magistral de Historia sobre un personaje de la antigua Roma, Marco Licinio Craso, con un ego y una ambición desmedida y cuyas andanzas relata en este artículo:

 

Et tu, Crassus? (O Cuando Ser la Primera Fortuna de Roma no es Suficiente…)

 

Aún desconocemos si Marco Licinio Craso sufría algún tipo de trastorno psicológico que alimentaba su codicia hasta límites insospechados o era su ambición política la que resultaba desmedida y su fortuna solo era un medio para conseguir alcanzar la gloria política y militar de los próceres a los que tanto admiraba. Sea como fuere, algo extraño o repulsivo debieron encontrar los niños de su edad pues ninguno deseaba jugar con él.

Alcanzada su juventud, Marco Licinio Craso solía pasarse horas en el mercado de esclavos seleccionando hombres y mujeres de poco valor. Con apenas unos sestercios compraba esclavos ya mayores, a veces casi desencajados y tan poco atractivos para faena alguna que con frecuencia atraía mofas hirientes, invectivas dolorosas del resto de compradores. Como siempre, el joven Craso los ignoraba y volvía solo a su casa, siempre tan solo, con aquella “mercancía” recién adquirida y con ese gesto constreñido de contrariedad tan típico de él.

Lejos de encomendarles tareas domésticas inmediatas, les ordenaba descansar y comer bien. Pasado un tiempo aquellos amasijos de huesos parecían haber renacido. Después de recuperarse físicamente les proporcionaba clases de griego y latín, matemáticas, conocimientos agrícolas, de administración de explotaciones y de todo aquello cuanto aportara valor añadido a sus esclavos. Acicalados convenientemente y transcurridos varios meses desde su compra, volvía al mercado y los vendía por el doble o el triple de lo que le habían costado. No eran ya seres inservibles abocados al final de sus días, sino que, muy al contrario, ahora podían hablar idiomas, enseñarlos, escribir, administrar villas, etc.

De esta manera el joven Craso amasó una fortuna considerable de manera tan sistemática y consistente que pareciera que todos los astros del universo se hubieran alineado para proporcionarle un talento casi sobrenatural.

Mientras sus arcas se ensanchaban cada vez más, su carrera política no dejaba de estar en mantillas. Sin embargo su habilidad para detectar oportunidades donde otros no veían más que aventuras estériles era considerable. Aprovechando la crisis política que devino finalmente en la Primera Guerra Civil de Roma entre los optimates y los populares, formó un pequeño ejército con sus propios recursos en Hispania, a donde había llegado huyendo de Mario y Cinna, con el fin de unirse finalmente al ejército de Lucio Cornelio Sila.

 

Aun no dominando el arte de la guerra como el de los negocios, ganó la Batalla de Puerta Colina (82 a. C.) para la causa del líder de los optimates. Cuando Sila ya en el poder decretó las Proscripciones y colgó la lista de enemigos del Estado en el foro, Craso no podía creer que la onerosa inversión que había realizado para la causa pudiera estar proporcionándole beneficios de tal envergadura. Más de la mitad de los potentados de la Roma de entonces se vieron despojados de sus haciendas, que pasaron a ser patrimonio del dictador Sila o del propio Craso.

Más que sus méritos militares, eclipsados en buena medida por la victoria de Sila contra Mario, fue su ilimitada codicia la que acabó siendo proverbialmente famosa en toda Roma. Cuentan las crónicas que en cierta ocasión Marco Licinio Craso fue sorprendido yaciendo con una virgen vestal, delito muy duramente castigado en Roma pues se consideraba una ofensa grave a los dioses. Urgía pues el castigo al delincuente. La mañana en que Craso fue llevado al tribunal que iba a juzgarlo se mostró totalmente ausente. Su abogado se le acercó y le comentó la estrategia de defensa, pero nada parecía importarle ya. La acusación leída por el tribunal de la manera más solemne que pudiera hacerse en Roma parecía tan grave que nadie pensaba que pudiera evitar la pena que estaba prevista para tales casos, la decapitación.

Justo al inicio del juicio su abogado llamó a varios testigos que, lejos de dar fe de las bondades del reo y de su condición de buen ciudadano romano, alimentaron aún más si cabe su ya célebre fama de avariento. Tan elocuentes resultaron los testimonios provistos, que el jurado lo absolvió considerando verosímil que un individuo de tal reputación muy bien podría haber dormido con la vestal movido no por ánimo lascivo sino por codiciar los hermosos viñedos que la joven deshonrada poseía en las inmediaciones de Viterbo.

No era tan descabellado pensar como el jurado si tenemos en cuenta que Craso se había hecho con gran parte de las mansiones de la ciudad, para su posterior venta, durante la dictadura de Sila y poseía la mayoría del suelo urbanizable gracias a la ayuda inestimable de sus famosos vigiles, especie de cuerpo de bomberos creado por él, cuya negligencia sofocando el fuego declarado en las insulae que pretendía comprar a precio de saldo era de dominio público. Según otras fuentes eran los propios vigiles quienes incendiaban los edificios de aquellos propietarios que se resistían a vender a Craso.

 

Cualquier mortal habría pensado que sus metas habían llegado demasiado lejos: era dueño de la mayor fortuna de Roma y se había librado in extremis de una muerte segura, pero actuaba ahora como un jugador cegado por el éxito, arriesgando una y otra vez todo cuanto había atesorado hasta entonces para conseguir la gloria militar de Alejandro Magno, al que siempre había admirado.

Las derrotas infligidas por el ejército de esclavos de Espartaco blandiendo armas sencillas forjadas en el fuego de su amada libertad sentaron a Marco Licinio Craso como una hilera de puñaladas en el pecho. Roma derrotada por unos esclavos, no cabía mayor humillación, mayor deshonra. Durante meses Craso sintió el vértigo del fracaso más cerca que nunca, el amargor de la hiel que inyectan esas furtivas miradas de desprecio. No obstante, el Senado le otorgó otra oportunidad, aun cuando como militar era considerado mediocre. Pudiera ser que la compra de voluntades entre los senadores cotizara a buen precio o que realmente pensaran en él como la única solución a la crisis, el caso es que volvió a enfrentarse a Espartaco, enemigo escurridizo, astuto y valiente como pocos se habían conocido.

Si durante la época de las Proscripciones, la crueldad política provocada por Sila había llegado a extremos nauseabundos, miles de cabezas sanguinolentas de ciudadanos permanecieron colgadas en el foro durante años, la crueldad de Craso saldría ahora a relucir en todo su esplendor. Era bien consciente de que no tendría otra oportunidad frente a los esclavos, por lo que sometió a sus tropas a castigos preventivos de extrema crueldad diezmándolos mediante su crucifixión a lo largo de la vía Apia.

Como jugador peligroso en que se había convertido ahora apostaba su propia vida a doble o nada. Se dirigió después a la zona más estrecha del sur de la península itálica y mandó construir 65 km de fortificaciones aprovechando que Espartaco y su gente se encontraban en la playa aguardando la llegada de unos piratas que los evacuarían de la tierra de los opresores.

Pero las naves de los piratas nunca arribaron al lugar convenido. Los esclavos emprendieron la marcha hacia el norte y, en un intento desesperado por sortear las fortificaciones, se desperdigaron y rompieron su unidad. Antes de que el laureado y admirado Pompeyo alcanzara el sur y se apropiase de la victoria, Craso mandó atacar al ejército de esclavos, hambrientos y cansados de huir. El resultado fue la derrota total de Espartaco. La pesadilla para Roma había terminado.

Una vez más había apostado todo, incluso la vida, y le había salido bien. Su confianza engordó como un globo de helio y creía merecer todo el reconocimiento militar que hasta ahora se le había negado. Craso se había salvado por muy poco del desastre que hubiera supuesto un fracaso, por lo que esperaba que el beneficio de esta jugada hubiera sido mucho mayor.

Sin embargo el Senado no estaba precisamente preocupado por satisfacer sus deseos y evitando convertir en mártir a Espartaco, decidió celebrar por todo lo alto las victorias de Pompeyo en la campaña de Hispania en lugar de la de Craso. Su frustración fue mayúscula.

A estas alturas llevaba muchos años experimentando esa montaña rusa de sensaciones en la que viven los jugadores ludópatas, solo que Craso era tan extraordinariamente hábil con respecto a sus apuestas a doble o nada en los negocios y en los asuntos de Estado que hasta ahora siempre (o casi siempre) había cosechado resultados excelentes.

Que actuaba como un jugador sonado era más que evidente al poner en riesgo su propia vida para conseguir la gloria política y militar de Alejandro. Cualquier meta que no fuera esa probablemente la consideraba de segundo nivel.

El indicio más claro de que su capacidad de análisis estaba mermada por exceso de confianza fue la alianza que formó con César y Pompeyo, dando lugar al famoso triunvirato.Cayo Julio César era entonces una joven promesa política (aunque arruinado), de gran inteligencia y enorme popularidad entre los romanos. Por otra parte, Pompeyo representaba el genio militar en su expresión máxima en aquellos tiempos en que agonizaba la República.

¿Y Craso? Como siempre representaba la riqueza y el afán desmedido de lucro. Si hubiera tenido la frialdad de analizar la situación con rigor se habría percatado de que poco podría sacar de aquella apuesta en la que se había embarcado. César y Pompeyo no deseaban de él más que su músculo financiero.

El gran historiador Plutarco dice que los motivos de la campaña de Craso contra los partos fueron la impopularidad de este (que nunca entendió para su frustración) y la avaricia por conseguir los tesoros del rey arsácida.

Sin embargo, otros aducen que lo que pretendía Craso era impulsar la carrera de su hijo Publio. Pero quien suscribe mantiene que si el personaje que nos ocupa se hubiera sentido motivado solo por la codicia, podría haber saqueado las enormes riquezas de la provincia de Siria a su antojo o sometido a impuestos confiscatorios a los ciudadanos tras ser nombrado procónsul, pero no, hacía tiempo que a Craso el brillo del oro no le seducía tanto como el de la gloria, ¿se había vuelto quizás un idealista?

No, por supuesto, pero visto desde una perspectiva más psicológica que política, parece claro que solo ansiaba ya a sus 60 años lo que no tenía. Si en aquellos tiempos había una campaña que podía darle la gloria política y militar al estilo de la de Alejandro era la del imperio parto, la cual Sila, unas décadas antes, había dejado a medio concluir por la guerra civil que estalló en Roma.

Pleno de confianza en sí mismo, sin pedir permiso al Senado y al mando de seis legiones, ignoró los malos presagios que le anunció el mar durante su travesía hacia el este y se dispuso a la conquista de Partia. Tras una victoria menor, los legionarios le declararon imperator, un simple título honorífico aún en tiempos republicanos. Si Craso había hecho caso omiso de los presagios, tampoco prestó gran atención al rey Artavasdes, enemigo de los partos, quien le ofreció jinetes y otros medios para que emprendiera la campaña desde Armenia. Pero Craso por entonces creía que el viento soplaba a su antojo y que la luna cada noche obedecía sus deseos. Nada ni nadie le haría falta para triunfar en aquella empresa una vez más.

Cegado por su exceso de confianza, mientras el rey Artavasdes volvía a su país, Craso y sus tropas cruzaron el río Eúfrates. Allí mandó esperar a que su hijo llegara al mando de la caballería gala, decisión que, según los expertos, proporcionó una ventaja definitiva al rey parto Orodes y a su general Surena.

La Batalla de Carras (53 a. C.) supuso la derrota total de Craso. Esta vez no solo no obtuvo el doble de lo apostado ni ganó la gloria de Alejandro, sino que lo perdió todo en una especie de martingala fatídico en el que se le escapó la vida. Ahí acabó la ruleta rusa en que se había convertido su existencia, pues el ludópata no suele jugarse sus bienes parcialmente. Enloquecido, suele apostar hasta su vida y en ese trance, tras repetidos éxitos, suele perderla y él no fue una excepción.

Et tu, Crassus? ¿Tú también Craso? ¿Tú también caíste en la trampa de los sueños imposibles? Desdeñaste tus destrezas innatas para los negocios (aunque no precisamente lícitos) y te enamoraste locamente de una meta para la que no fuiste dotado. Como tantos otros, frustrado por un sueño imposible, te acabaste convirtiendo en un loco enfurecido. ¿Tantos muertos, tantas desgracias para acabar así sin cabeza, clavada en una estaca para solaz del rey Orodes y su corte?

Juan Ángel Garzón

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