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DE LA BOLSA, LA THERMOMIX Y LOS TAXIS

Hoy me ha preguntado el primo de mi vecino (no va con segunda intención…) si podíamos continuar dejando este espacio para compartir las opiniones de otra personas que tienen muchas buenas ideas (sobre la vida y sobre el trading), y cuyas opiniones seguro que resultan más que interesantes para que otr@s reflexionen con su lectura.

Estamos encantados de recibir vuestras nuevas aportaciones (enviadlas por email a contacto@diezmilhorasdetrading.es) y así poco a poco vamos ampliando el círculo de buena gente que comienza acercándose a este apasionante mundo de los mercados y las inversiones financieras para algo más que  tratar de ganar dinero…

Hoy tenemos el honor de compartir un artículo de Juan Angel Garzón, alias Raider Trader ( @raidertrader2 ) un compañero y amigo que lleva también años y años peleándose con los gráficos y que ha pasado por miles de batallas y experiencias dignas de contar (y que sigue y seguirá ahí, al pie del cañón,con sensatez y coherencia lo cual ya dice mucho de su valía.).

Esperemos os gusten sus reflexiones “basadas en hechos reales”, con este sugerente título:

“De la Bolsa, la Thermomix y los Taxis”

 

Pretendía ser una de esas reuniones de amigos en las que uno da rienda suelta a sus ganas de reír a mandíbula batiente, tan propias de nuestro países, reuniones “decibélicas” donde descargar todo el estrés que uno lleva dentro y que tanto dinero nos ahorran en psicólogos….

Sin embargo resultó ser una velada de papis y mamis muy conscientes de su deber incluso cuando la situación se prestaba más a relajar las riendas de una responsabilidad tan íntimamente asumida. Me temía lo peor. Así que cuando mi amigo del alma nos describió con pelos (nunca mejor dicho) y señales el tipo de pañal que ahora usaba su hija, impermeable por dentro y por fuera, y la marca de potitos más adecuada para su edad por el tipo de alimentos no alergénicos traídos de no sé que remota selva de una isla de Indonesia, comprendí que aquello no era más que un adelanto de lo que se nos venía encima.

 

Pero fue cuando la conversación derivó en describir las grandezas de la Thermomix y en cómo elaboraba con su suegra el pan nuestro de cada día, dánosle hoy, señora Thermomix, cuando mis piernas empezaron a sentir ese cosquilleo que impulsa a los presos a saltar vallas imposibles y a huir despavoridamente.

Menos mal que alguien, cuyo nombre sinceramente ya no recuerdo, con gafas espesas de pasta a lo Juan Manuel de Prada, gordito también y con ese mismo aspecto de haber sufrido algún tipo de conflicto sexual mal resuelto en su adolescencia, salvó en parte la maldita velada comentando algo relacionado con unos grandes almacenes muy famosos en España.

Se quejaba el buen hombre, en medio de ese tipo de conversaciones cruzadas muy típicas de nuestra gente e intentando meter baza entre marcas de robots de cocina, depiladoras y pañales, de que era una gran pena que una de las empresas punteras de España no cotizara en bolsa y siguiera siendo una especie de empresa familiar.

“¿En bolsa? ¿Y para qué quiere el Corte Inglés la bolsa con lo bien que va y con el buen supermercado que tiene?”, preguntó uno de los asistentes indignado como si estuviéramos hablando de su chalet en la playa.

 

Qué mejor oportunidad que aquella para salir del fango en que las comidas infantiles y los robots de cocina nos habían sumergido. La respuesta de aquel amigo me resonaba una y otra vez en la cabeza como un abejorro persistente. “Este tío, por muy médico que sea, no tiene ni idea de lo que eso supone”, me decía la Siri que todos tenemos instalados en el disco duro de nuestro cerebro.

Me puse a a hurgar en mi disco duro y llegué a la carpeta de “ejemplos un poco traídos por los pelos”, que a veces uso en mi trabajo, a fin de aportar algo de luz sobre las ventajas que para una empresa tiene cotizar en el parqué. Tras un primer intento, no parecía que el asunto estuviese quedando muy claro, cuando aquel trasunto de Juan Manuel de Prada dijo algo de los taxis y de pronto vino a mi mente la idea de las licencias de taxis, ¡voilà!

La experiencia me dice que cuando algo no se entiende fácilmente es porque existe entre medias un concepto que impide que el resto de la explicación discurra suavemente por los carriles de nuestro entendimiento y en este caso creo que ese concepto era “mercado primario” y “mercado secundario”. De ahí que muchos lleguen a pensar que cuando las acciones de una compañía incrementan su valor, esta obtiene beneficios de dicha tendencia alcista y viceversa, cuando realmente no es así.

Volvamos a las licencias de taxis. Puesto que el ejemplo es bastante imperfecto, previamente hay que hacer algunos arreglillos. En primer lugar, supongamos que no es el ayuntamiento de la ciudad Z la que emite licencias de taxis como concesión de un servicio público, lo cual es lo habitual, sino, pensemos por unos instantes, que fuera una empresa privada X la que tuviera el derecho de emitir dichas licencias para recaudar dinero. Bien, imaginemos que sacan cien licencias de taxi y el precio que se acuerda es de cincuenta mil euros.

En ese momento, y no en otro, la empresa X de la que hablamos habría recaudado nada menos que cinco millones. Cuando una compañía como Tesla, Carrefour o la que sea acude al mercado primario, emite lo que se llama una OPV (Oferta Púbica de Venta) a la que acuden inversores institucionales, no minoristas normalmente, como bancos, fondos, etc.

Siguiendo con el ejemplo, supongamos que el titular de una licencia comprada a la empresa X decide explotarla y vive del taxi durante unos años, pero llegado un momento cree que le conviene más vender ahora esa licencia por sesenta mil euros a un comprador amigo suyo, por ejemplo, consiguiendo así pingües beneficios. Así, finalmente realizan la transacción. Volvamos a imaginar que este comprador ha pagado dicha cantidad porque en el mercado de licencias de transporte urbano hay taxistas o aspirantes a serlo que están ofreciendo un 30% o un 40% más, y así sucesivamente, y otros muchos a quienes el taxi les importa una higa y que simplemente aspiran a enriquecerse subidos a la chepa de la tendencia alcista.

Efectivamente, ese mercado donde ahora el activo, sean licencias, acciones, bonos, etc., pasa de unas manos a otras ad infinitum es el mercado secundario. Es cierto que vender licencias de taxis para especular no es ilegal, pero estaremos de acuerdo en que es poco ético hacerlo con una concesión administrativa cuyo fin primordial es el servicio público. Sin embargo en el parqué bursátil, la especulación no solo es una actividad ética si no que es deseable ya que si no fuese así, es decir, si los inversores no actuasen con la esperanza de obtener un beneficio una y otra vez, aunque sea mínimo, en cada una de las infinitas transacciones que pueden realizar con las acciones de cualquier compañía cotizada, serían escasos los especuladores que acudirían a comprar activos al mercado primario solo con el incentivo de “vivir del taxi”, es decir, de cobrar dividendos, etc.

Bien entendieron los comerciantes holandeses la psicología humana cuando la Compañía Holandesa de las Indias Orientales ideó la especulación bursátil más o menos como ha llegado a nuestros días. Sabían aquellos viejos comerciantes que si los grandes inversores, proveedores de capital en el mercado primario, tenían la oportunidad de volver a vender en el secundario los títulos de dicha compañía, la captación de fondos para sus aventuras en las Indias estaba casi asegurada, a menos que los títulos perdieran valor inesperadamente, como así ocurrió, pues en aquellos tiempos los naufragios estaban a la orden del día.

 

Pero no todo son rosas en este jardín, también hay algunas espinas. Las acciones que emite la empresa X otorgan derechos de propiedad, así que si decide emitir en acciones el 25% de su capital, ya sabe que tendrá que acoger en el consejo de administración a los nuevos representantes de ese capital, quienes puede ser que no comulguen del todo con la filosofía de la entidad o la senda por la que ha discurrido hasta ese momento.

A pesar de ello, nadie puede negar que la salida a bolsa proporciona a las corporaciones una gran facilidad de financiación a costes muy bajos, aunque sea aprovechando una característica de la condición humana que es la codicia, la cual, durante siglos fue perseguida por la Iglesia al formar parte en el pensamiento cristiano de los siete pecados capitales. De ahí viene la mala prensa que el término “especulación” y el dinero en general aún tiene en gran parte de los países de tradición católica, así como en algunas posiciones políticas bien conocidas.

Es fácil comprobar en cualquier conversación cómo la gente se atreve a relatar a voz en grito cuántas veces ha realizado determinada actividad sexual, pero si les preguntas sobre cuánto dinero gana en su trabajo, su rostro se llenará de pudor y desviará su mirada como si pudieras averiguarlo a través de sus ojos. Es todo un tabú social. “¡Tabú y sexo! ¿De qué estáis hablando?”, preguntaron al unísono los demás.

Palabras mágicas, las llamaba un compañero mío de trabajo. Tan pronto como escucharon estos términos, el resto de los componentes de la velada abandonaron sus conversaciones ávidos de escuchar algo morboso. “Ahh”, dije, “bien en realidad no estábamos hablando de sexo ni nada de eso, era relativo a un ejemplo que he puesto sobre los taxis y…”,

“¿Taxis has dicho?, menudos hijos de la gran, como pille a uno lo meto en formol, ya podríais tener una conversación más amena, ¿no?”, y cada cual continuó de cháchara con el que tenía enfrente como si el de al lado no existiese.

Yo, por mi parte, sin acritud, me despedí de tan entrañables amigos deseándoles que introdujeran sus Thermomixes, robots quitapelusas, depiladoras y demás cachivaches de la teletienda por el orificio de su anatomía que encontrasen más a mano, si es que este no estaba ya ocupado, y me alejé caminando tranquilamente bajo el inclemente sol de esta ciudad acompañado de aquel buen hombre a quien mis conversaciones no le resultaban tan tediosas.

 

Juan Ángel Garzón González

 

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